Valentina Oropeza

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VALENTINA OROPEZA

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Soy Valentina Oropeza,

Cuento historias para entender cómo tomamos decisiones en condiciones extremas.

Cuento historias para entender cómo tomamos deciciones en condiciones extremas.

He trabajado durante más de 20 años como periodista en medios locales e internacionales de América Latina y Estados Unidos. Hoy cuento las lecciones de estas historias en escenarios y aulas en español e inglés:

E

Conferencias y Keynotes

sobre toma de decisiones y resiliencia en contextos extremos, para empresas, universidades y público general.

E

Talleres

para periodistas y equipos que trabajan en entornos hostiles, con un módulo de seguridad para mujeres.

Pongo el foco en una persona, una familia o una comunidad, para identificar qué situaciones las amenazan, cómo enfrentan el conflicto y qué hacen para salir adelante.

Detrás de cada historia hay una realidad que afecta a muchos. Daniela, una voluntaria que rescató sobrevivientes de los terremotos en Venezuela. Inmaculada, quien perdió a su hermano en el desierto de Sonora cuando intentaba cruzar la frontera desde México hacia EE.UU. Delmy, madre de una joven salvadoreña a la que se le negó la interrupción de un embarazo inviable. O Marta, quien logró escapar de su marido pandillero en Ecuador.

Estas historias reflejan violencia, traumas e injusticias, que en muchos casos nacen de las instituciones que deberían proteger a las víctimas. Sin embargo, también revelan coraje y voluntad. Y casi siempre es el amor lo que empuja a sus protagonistas a buscar salidas, enfrentar al agresor o escapar.

valentina oropeza

Mis entrevistas avanzan por capas hasta llegar al fondo. A veces hay lágrimas o peticiones de anonimato por miedo a represalias. Casi todos luego me agradecen haberlos escuchado. En ese proceso aprendo de ellos, de mí misma y de las sociedades del continente americano.

Mi trabajo ha sido merecedor de numerosos reconocimientos por parte de organismos e instituciones en América Latina, Estados Unidos y Europa.

C

¿Por qué cuento estas historias?

 No logré dejar atrás mi vida en Venezuela cuando me mudé a Estados Unidos en enero de 2022, tres meses después de la muerte de mi padre.

Emigrar resultó una buena manera de esquivar el duelo. La vida exigía movimiento y decisión, exactamente lo contrario de lo que quería.

¿Qué era el hogar en ese momento? ¿Un lugar o la gente a la que amaba? ¿Podía construir uno nuevo en Estados Unidos? ¿Qué significaba «hogar», en realidad?

Todo ocurría en otro idioma, a una velocidad que no alcanzaba a seguir, y sin espacio para llorarlo o acompañar a la familia que se había quedado allá.

Durante años había cubierto la emergencia humanitaria dentro de Venezuela, la mayor parte de ellos liderando la unidad de investigación que fundé en Prodavinci: pacientes que no terminaban sus tratamientos porque no había medicinas, niños que morían de desnutrición, el brote de malaria en el sur minero del país. En Estados Unidos encontré algo parecido al hogar en una nueva historia: la llegada de los migrantes venezolanos, como parte del mayor éxodo registrado en el continente americano.

Entendía bien dónde empezaban sus travesías y por qué habían abandonado Venezuela. Lo nuevo para mí era el peligro que encontraban en el camino: el cruce por la selva del Darién, Centroamérica, la inmensidad de México y finalmente la frontera.

Cruzaban aquellas rutas junto a personas de decenas de países, así que empecé a escucharlas también. Hasta que estuve parada en el desierto de Sonora, donde tantos morían, en el extremo oeste de la frontera entre Estados Unidos y México.

Cuando las leyes migratorias empezaron a cambiar, los testimonios se dieron vuelta: unos eran deportados, otros se marchaban para empezar de nuevo en otra parte. Hasta que dos terremotos nos sacudieron a todos, dentro y fuera de Venezuela.

La nueva tragedia confirmó una realidad que había documentado. El daño nunca fue solo el desastre. Estaba enraizado en las mismas estructuras que debían proteger a las víctimas.

Una década de cobertura —seis años en Venezuela y cuatro en Estados Unidos— me enseñó que las heridas, la sanación, la pérdida y el aprendizaje nos pertenecen a todos. Esa es la historia que cuento en mis reportajes, en el escenario y en todo lo que escribo.

¿Quieres llevar estas historias a tu evento?

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