La búsqueda de Amadeo

Amadeo fue desahuciado. Vomitaba todo, incluso el agua. Los médicos aconsejaron a su mamá Rosa que llamara a un sacerdote para que le diera los santos óleos. Apenas tenía un año. Rosa pasó la noche en vela esperando su muerte. Al amanecer, Amadeo abrió los ojos y pidió comida. Cuando los doctores confirmaron que estaba fuera de peligro, ella tuvo la certeza de que escogió el nombre correcto para el menor de sus cinco hijos. Amadeo era el amado de Dios.

Sus tíos, hermanos y primos estaban orgullosos de ser nietos y bisnietos del Lolo Fernández, siete veces goleador del Campeonato Peruano de Fútbol, el tercer máximo goleador de la Copa América, y el delantero estrella de la selección peruana que derrotó a Austria en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. Siguiendo la tradición familiar, cuando Amadeo tenía cuatro años Rosa lo inscribió en el equipo de fútbol de la escuela en Comas, un distrito pobre de la provincia de Lima.

A medida que crecía, se quedaba hasta tarde a las orillas del río Rímac para jugar con equipos de adultos en el barrio donde vivía la abuela Francisca. Para evitar que se volviera ladrón o violento, como tantos otros muchachos de la comunidad, Rosa lo llevó a trabajar en el puesto que tenía en el mercado del kilómetro 11 de Comas. Una comadre de Rosa, dueña de una venta de granos, la invitó a cantar el mantra Nam Myōhō Renge Kyō.

Rosa y Amadeo entraron a un templo y tomaron asiento en bancos de madera. Un maestro guió la reunión y comentó la enseñanza del día, la llamó sutra. Explicó que el Nam Myōhō Renge Kyō era un mantra que invocaba la ley última o verdad del universo. Era la manifestación de todos los mundos, la armonía perfecta. Entonaban la frase una y otra vez. Amadeo tenía 12 años y no estaba seguro si repetía bien aquellas palabras en japonés, pero sintió que de algún modo hablaba con Dios, como hacía la abuela Gregoria cuando iba a misa los domingos.

Mientras el resto de la familia practicaba la religión católica, Rosa y Amadeo se volvieron budistas nichiren, la corriente del budismo japonés que promueve el estudio del sutra del loto. En el siglo XIII, el monje Nichiren argumentaba que aquellas escrituras contenían las enseñanzas más elevadas de Buda, y que todos los seres humanos gozaban, de forma innata, de la capacidad para alcanzar la iluminación. Les dieron un mandala caligráfico, un pergamino que replicaba el sutra del loto, parecido al que se veneraba en el templo Taisekiji, epicentro del budismo nichiren, ubicado en el monte Fuji en Japón.

Rosa y Amadeo practicaban rituales diarios: preparaban comida para ofrendarla al pergamino, en la mañana se encomendaban a Buda y en la noche agradecían los beneficios recibidos, cantando el sutra del loto en japonés. En las reuniones en el templo, Amadeo comprobó que cuando recitaba el Nam Myōhō Renge Kyō se conectaba con una fuerza superior. A Rosa le alegraba que la devoción al mandala fomentara en su hijo una disciplina que le serviría para la escuela, el fútbol y el trabajo en el futuro.

Cuando tenía 16 años, uno de sus hermanos llegó a casa con un libro titulado Los grandes mensajes, firmado por un astrólogo francés llamado Serge Raynaud de La Ferrière. Hablaba de esoterismo, ciencia y religión. El autor había fundado en Venezuela la Gran Fraternidad Universal, una escuela para la exploración espiritual a través del estudio de la tradición iniciática, la astrología, la cábala, el análisis comparado de las religiones, la numerología y el yoga. Al finalizar la lectura, Amadeo concluyó que le habría gustado conocer aquella fraternidad en Caracas.

Hizo el servicio militar obligatorio en el Ejército peruano al cumplir 18. Se presentaba en el cuartel todos los viernes por la tarde o los sábados a primera hora. Le entregaban un uniforme, le asignaban la cama de una litera y lo incorporaban a un pelotón. Durante un año, aprendió la técnica del orden cerrado y entrenaba con botas. Estuvo en campaña en el desierto de Ancón, al oeste de Perú, donde disparó por primera vez pistolas Proway, FAL y metralletas de cañón largo y corto. En la vida militar encontró la misma filosofía de trabajo en equipo que tanto le gustaba del fútbol. Sin embargo, no le pareció el camino para practicar la búsqueda de la paz promovida por Buda que había estudiado en el templo.

La dictadura del general Juan Velasco Alvarado perseguía a los jóvenes que vivían en barrios pobres como él. Tanquetas militares lo corretearon varias veces junto con sus amigos del fútbol si se reunían después de las 7:00 de la noche, cuando terminaban los partidos e iniciaba el toque de queda. Un amigo que incursionaba en astrología le hizo la carta natal y le advirtió que no le iría bien en Perú. Lo mejor para corregir aquellas cuadraturas era mudarse a otro país. El más cercano que ofrecía un futuro prometedor a mediados de los setenta era Venezuela.

Amadeo estudió fotografía, computación, transmisión de datos, mecánica, electricidad y soldadura durante un año. Si entraba como mano de obra calificada en Sidor, la industria venezolana del acero, podría crecer y ayudar a la familia en Perú. En la carrera por aprender habilidades que le permitieran acceder a un buen empleo en Venezuela, su tío Amadeo lo invitó a trabajar en la fabricación de muebles de fibra de vidrio y goma espuma, la última innovación en su empresa de decoración. Como no tenía dinero para comprar un pasaje de avión, Amadeo viajó desde Lima hasta Caracas por carretera, durante seis días, en 1975. Apenas cruzó la frontera de Colombia, encontró el eslogan de la Corporación Venezolana de Turismo una y otra vez: “Venezuela, un país para querer”.

Mientras recorría el oeste de Caracas para conocer la ciudad, se topó con la sede de la Gran Fraternidad Universal, entre las esquinas de Guamito a Minerva. Vivió allí una temporada. Hacía una clase de hatha yoga a las 5:30 de la mañana y asistía a un ritual de oración en el templo a las 7:00. Al mediodía hacía otra clase de yoga y luego almorzaba con el maestro del centro. En pocos meses, el maestro le propuso aprovechar su condición física como futbolista y dar algunas clases de yoga. Al corregir las posturas (asanas) de otros compañeros, le agradecían el alivio de dolores físicos. La relajación les revelaba soluciones a conflictos emocionales. Cuando Amadeo recibía estas buenas noticias, se sentía útil para aquel equipo que buscaba caminos hacia la evolución espiritual. Y ayudaba a fomentar el propósito del yoga, la unión entre el cuerpo, la mente y el alma, como lo explica el maestro B.K.S Iyengar en su libro El árbol del yoga.

Amadeo se hinchaba después de comer. Los labios, los dedos, las rodillas. No lograba detectar qué alimento le producía la reacción, hasta que un día se le inflamó la glotis y sintió que se ahogaba. Alcanzó a tomar un taxi que lo llevó al Hospital Universitario de Caracas. Cuando volvió a respirar con normalidad, decidió cambiar su alimentación. Reemplazó la carne por los granos, eliminó el azúcar y el alcohol, y comía huevos o queso de vez en cuando. No solo mejoró su flexibilidad y energía en el yoga. Cada vez tenía mayor capacidad para observar y transformar sus pensamientos negativos.

Abandonó la idea de trabajar en Sidor y renunció a cargos en empresas para dedicarse al yoga. En 1991 comenzó a dar clases regulares en el Parque del Este en Caracas, frente a corredores y transeúntes que no tenían idea de qué se trataba aquella práctica. Al final de una clase, una de sus alumnas le mostró un rodillo de tela y algodón que se estaba deshaciendo. Lo usaba para hacer pilates, le preguntó si podía recuperarlo. Él recordó cómo su tío rellenaba los muebles con goma espuma e hizo dos rodillos de prueba, uno para la alumna y otro para él. Cuando se acostó sobre el rodillo e hizo una torsión, le sonó la espalda y se descomprimieron las vértebras. Amadeo Porras Acosta descubrió que podía fabricar, con sus propias manos, una herramienta para ejercitar nuevas asanas, y facilitar que sus alumnos experimentaran la unión entre el cuerpo, la mente y el alma a través del yoga.