Blog de Valentina Oropeza
«Mi cuerpo se rindió»
Raúl Sánchez Sánchez llevaba una mochila, una camiseta roja y tenis negros la última vez que fue visto con vida.
Llevaba siete semanas desaparecido cuando el grupo de voluntarios Águilas del Desierto emprendió su búsqueda en el desierto de Sonora, un área de 260.000 kilómetros cuadrados en la frontera entre México y Estados Unidos.
Acompañamos a las Águilas durante la búsqueda de Raúl — José María Rodero en la cámara, yo en la producción y la presentación— luego de que su hermana Inmaculada diera la única pista que hacía posible rastrearlo: la intersección entre dos caminos en una colina del Cerro Picudo, donde había sido visto por última vez.
Conversé con Inmaculada varias veces por teléfono. Solía decirme que su mayor preocupación era que su familia, especialmente su madre, pudiera saber qué había pasado con Raúl.
Caminamos durante nueve horas bajo un calor extenuante. Tuvimos que separarnos para abarcar más territorio en la búsqueda y tomamos toda el agua de más de diez botellas que cada uno llevaba en su mochila.
Siempre estuvimos acompañados por Alberto y Chaparrito, dos guías que cuidaron de nosotros mientras rastreaban aquel desierto lleno de peligros, como las temperaturas extremas, las serpientes, los arbustos llenos de espinas que se tragan las huellas y la presencia del crimen organizado.
Cuando escuchamos por las radios que habían encontrado un cuerpo, decidimos escalar la montaña donde estaba el otro grupo. Pero después de una hora, mi cuerpo se rindió y no pude dar un paso más.
José María, en cambio, decidió seguir subiendo. Gracias a esa elección, que le costó una lesión en la rodilla, obtuvimos el registro completo de la búsqueda.
El documental Los buscadores de migrantes perdidos en el desierto de Sonora ganó hace dos años un Emmy en la categoría de Reportaje destacado en español. Puedes encontrarlo en el primer comentario.
Estamos agradecidos con todos los voluntarios de las Águilas del Desierto, en especial con sus fundadores Ely y Marisela Ortiz, por habernos permitido experimentar lo que la OIM ha registrado como la ruta migratoria terrestre con más muertes del mundo.
Dos años después, todavía recuerdo la angustia de Inmaculada. Y pienso en el recorrido de Raúl que nunca pudimos contar.